sábado, 21 de noviembre de 2009

Mirada de abril, besos de otoño (Relato)


Mirada de abril, besos de otoño

“El dulce y melancólico manto del otoño cubre ya con su abrazo el corazón de los solitarios que se revuelve en la tumba del desamor. Allí, donde encuentra su hogar la yedra enredada en el pasado, parece real el sueño olvidado y es entonces cuando hay que saber delimitar el quicio que separa a la pesadilla de la razón. Bailando en esa línea casi imperceptible y, en ocasiones, mezclada y diluida en alcohol se encuentran los infelices felices de serlo, de espíritu masoquista y sádico que buscan en el fondo de un vaso la luz del reflejo que les devuelva la mirada extrañada en forma de ilusión alcohólica. Esta es la breve pero eterna historia de uno de esos expertos bailarines.

Recuerdo que mi amigo Agustín solía contarme con todo lujo de detalles las horas que pasaba amando a su amor imposible en el oscuro rincón de un bar, en una solitaria pérgola de cualquier parque o en uno de esos lugares inusuales que sólo hayan los amantes fugados, hambrientos desesperados. Solía narrarme sus breves encuentros centrándose en la fugacidad del tiempo junto a ella, en su piel, y en lo que la echaba de menos cuando su barco partía desde la costa de la pasión hasta el océano del desengaño que, en su tempestad, siempre devoraba a las embarcaciones más débiles.

“Su ausencia –decía- es como un suave dolor pasajero que nunca pasa…como un fuego fatuo”

Recuerdo que solían encontrarse en un bohemio y oscuro Café de sabor añejo, que estaba emplazado en una olvidada calle de la zona antigua de la ciudad donde los señores apuran su vida en un vaso de ron contando historias, unas vividas, otras muertas y las que más soñadas. Allí siempre compartían el cóctel favorito de Eva, el clásico quemadillo de ron ante el que pasaban horas besándose y esperando a que se enfriara la copa. En ese Café es el sitio donde preparan el mejor quemadillo de ron de toda la ciudad. Lo sirven deliberadamente ardiendo porque es la forma de servirlo y para que los clientes pasen un tiempo contemplando la belleza del humo de un cigarrillo enredándose en la luz tenue de una lamparita o apreciando las fotografías antiguas que decoran las paredes de éste histórico Café. Allí, Eva y Agustín solían gastar las horas de una tarde cualquiera de domingo hasta que algún duendecillo maléfico instalado en el destino de Agustín hizo que Eva encontrase a otra persona. Desde aquél momento Agustín ya nunca fue el mismo.

Ayer lo encontré en aquél mismo Café, sentado en la misma mesa que ocupaba junto a Eva, frente a una copa intacta de quemadillo de ron. Su mirada se perdía entre la cristalera empavonada de la puerta de entrada mientras su mano acariciaba la copa y su mente acariciaba los recuerdos. Me acerqué a él, lo saludé y comenzamos a charlar. Al saber que llevaba tres horas en la misma mesa y con la misma consumición le pregunté si esperaba algo. Entonces su mirada empañada de abril se encontró con la mía y me respondió que esperaba a que se enfriara. Yo acerqué mi mano a su copa y comprobé que estaba helada.

- No, amigo. La copa hace tiempo que se enfrió. Sólo estoy esperando a que se enfríen las huellas de los besos de Eva sobre mis labios ...


Yo pagué mi café y pedí un taxi que me llevara de vuelta al insulso mundo de la razón.

Es curioso como en otoño se puede recordar de forma tan real aquél despiadado abril. Es muy curioso como un recuerdo puede quemar más que un quemadillo de ron.”


Éste relato está inspirado en el histórico Café Trapalas de Zaragoza (C/ Mayor, 51). Aunque la fotografía de la recóndita barra de bar no es de ese establecimiento.

15 comentarios:

Crowley (www.tengobocaynopuedogritar.blogspot.com) dijo...

Un relato muy bueno, con un regusto a café caliente quitándonos el frío del cuerpo en una tarde otoñal.
Saludos

Manchas de Tinta dijo...

Que pronto se enfrian algunas cosas y cuanto tardan en hacerlo otras...si es que alguna vez lo hacen.

Dana Andrews dijo...

Gracias Crowley, me gusta el regusto a café. Algunas veces no lo hacen, Manchas. Gracias.

Aniovedh dijo...

Grandioso Dana y, definitivamente te apoyo, algunas veces no se enfrían las cosas....saludos!

Amaya dijo...

Bonita historia, en algún momento nos hemos encontrado sólos ante un café,o ante un café solo, acompañados y, en realidad no sentir la presencia de la gente, viviendo nuestro momento, sin más...
Una vez más, bonito relato.
Un saludo

ARVIKIS dijo...

¡Que bonito relato, pero esos cafés y ese tiempo empleado en tantas cosas maravillosas, en nuestros días es escaso. Los cafés con alma se han derribado, los cines históricos se cierran y las multinacionales del trapo con pretensiones lo ocupan todo. Aquí en Madrid es penoso lo que han hecho con los templos donde aprendimos a reir, amar, y soñar.
¡Maldita globalización salvaje!
¡Enhorabuena por creer en los sueños eternos!
Arvikis

39escalones dijo...

Un recuerdo puede hasta matar.
Gran texto.

Dana Andrews dijo...

Gracias, Aniovedh. A tí también, Amaya. No es lo mismo estar sólo ante un café que estar ante un café solo. Aunque creo que lo ideal es el café solo en soledad. Bueno, Arvikis, al menos en Madrid permanecen templos como el Café Gijón (tuve el placer de visitarlo el último verano) y algún cine antiguo. Creo que permanece alguo por Gran Vía ¿no?. Muchas gracias. 39escalones, los recuerdos, a veces, están tan vivos que pueden matar...tienes razón. Gracias.

Vivian dijo...

Precioso relato Dana, por instantes he podido verlo, sólo, frente a ese quemadillo que se enfría mientras el tiempo no consigue apagar sus sentimientos por ella, precioso y triste…

La introducción al relato, un lujazo, llena de sensibilidad y poesía.

Un beso

atikus dijo...

Estupendo relato...los cafeses y los rones, cuantos recuerdo pueden traer ;)

saludos

Bogart dijo...

Me ha gustado mucho.

Muy bueno el final. El otoño, desde luego, es la mejor época para recordar.

Un abrazo.

Dana Andrews dijo...

Gracias Atikus...los rones también pueden traer dolores de cabeza. Gracias, Bogart. El otoño es muy inspirador.

mi nombre es alma dijo...

me has hecho recordar un poema que escribí en mi otro blog (el negro de macguffin) y que me traje a mi nueva casa, pincha en masticando mis recuerdos que a su vez se me ocurrió leyendo un poema de David Perez, AMULETOS.

Y es que este tipo de sentimientos que tan bien describes son tan universales.

Un abrazo

Dana Andrews dijo...

Es un placer, Alma, siempre que nos haces éstos enlaces-regalo. Ya lo he leído y me ha encantado, pero mejor te lo comento en tu blog.

Dana Andrews dijo...

Gracias, Vivian y perdona el retraso de la respuesta. Además recuerdo haber leído tus palabras que me llenaron de alegría. Me gusta que resaltes, especialmente, la introducción. Un lujo es tenerte a tí como comentarista. Gracias.