Espero que los Reyes se hayan portado bien con todos vosotros. Por Zaragoza han pasado y como yo tuve que trabajar durante la noche, he sido de los pocos afortunados que los pudo ver. Si no me creen mírenlos aquí, justo en la Plaza del Pilar. A mí sus majestades me han traído una pluma estilográfica lo cual me ha recordado un relato que escribí hace un tiempo y que es el siguiente.
La pluma estilográfica
Don Pablo Badaguás Nieto, natural de Santa Cruz de la Serós, un pequeño pueblo de la Jacetania en la provincia de Huesca, tuvo en su infancia la inmensa fortuna de poder ir a la escuela. Este suceso era único en el pueblo y muy extraño en una época como aquella en que los curas todavía eran gente respetable y los domingos un día señalado para encontrarse con los vecinos, en misa de doce. El caso es que sus padres habían ganado no sé qué concurso radiofónico y de esta manera Pablito se convirtió en estudiante. Se desplazó a Zaragoza, donde vivía una tía suya bastante adinerada, y allí completó sus estudios primarios con muy buenas calificaciones. Una vez terminados, Pablo volvió a la montaña para ayudar a su padre en las labores del campo y el ganado. Sin embargo aquellos años en la escuela no cayeron en saco roto y en ellos adquirió la pasión por la escritura, la lectura y la gramática. Una vez en Santa Cruz, no podía dejar ni un día de escribir. Pablo llenaba hojas y hojas relatando los sucesos que acontecían en el pueblo, describiendo las maravillas con las que se encontraba en sus paseos campestres o simplemente dedicándose a sus pensamientos. Incluso llegó a escribir un diario que nunca terminó. Pero un día, mientras ojeaba el periódico, Pablo fijó la vista en el rincón de una página donde se anunciaba la organización de un concurso literario para relatos cortos, de ámbito autonómico. Como premio al ganador le obsequiaban con una pluma estilográfica y un diploma en el que le acreditaban como merecedor del primer premio. Pablo siempre había soñado escribir con pluma así que comenzó a diseñar relatos para el concurso. Escribió cuentos ambientados en los rincones de su pueblo, llenos de descripciones sobre la vida en la montaña o mencionando esa perdida y olvidada Iglesia, orgullo de Santa Cruz, que realmente resulta ser toda una joya del Románico más temprano. Envió un relato en cada edición del concurso y nunca resultó ganador hasta que un año, cuando Pablo ya era un anciano, apareció un cartero en Santa Cruz para notificarle que su trabajo había resultado premiado. Para recoger el envío tuvo que trasladarse a la Oficina de Correos de Jaca y una vez allí, con el premio ya entre sus manos, se dirigió a la Cafetería más cercana para desenvolverlo. Dentro del paquete una bellísima pluma negra, acompañada por su correspondiente bote de tinta, le confirmaba que había sido ganador del primer premio. Apresuradamente Pablo abrió un cuaderno en blanco que había comprado especialmente para la ocasión y comenzó a escribir con su pluma. Lamentablemente, al tiempo que estrenaba la pluma, advirtió que éstas no están diseñadas para escritores zurdos ni los premios literarios organizados para un hombre de pueblo como él.
FIN
Relato publicado en Jazzmen (Cartonerita Niña bonita. 2011)
PD: Por cierto que yo también soy zurdo así que, si alguien quiere una pluma...
